El liberal modelo de confinamiento que rige en Reino Unido

El Gobierno británico permite actividades prohibidas en muchos países.
EL MUNDO21 de abril de 2020
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Por mucho que la pandemia haga soñar a algunos con un futuro más solidario y haya despertado lo mejor de muchos, también está dando rienda suelta a las miserias humanas y exacerbando las desigualdades. Los millonarios disfrutan su confinamiento en yates de lujo y grandes mansiones, y se fotografían para las redes sociales en bañeras llenas de champán. Los más pobres pasan la cuarentena arracimados en chabolas que comparten en condiciones insalubres familias enteras. No es lo mismo estar encerrado en unas casas que en otras.

También hay diferencias por países, y los británicos figuran entre los ciudadanos más privilegiados del mundo. El tradicional espíritu liberal del Reino Unido hizo que las restricciones se impusieran más tarde y sean mucho más livianas (hay modelos matemáticos que pronostican que tendrá el mayor número de víctimas de toda Europa).

Todavía a día de hoy no ha cerrado las fronteras y cada día llegan quince mil pasajeros a sus aeropuertos, en especial Heathrow, sin que tengan que someterse a ningún examen médico ni ninguna pregunta fuera de las habituales. A ellos se suman los que se presentan en más de quinientos aviones particulares que toman tierra a diario procedentes de lugares con un alto nivel de infección, alegando que vienen a sus “residencias habituales” (pisos de lujo en Londres o mansiones en el campo).

Están a la orden del día las denuncias entre vecinos por cuitas que vienen de hace tiempo

La estructura urbana de las ciudades de este país –casas adosadas, pocos bloques de apartamentos– hace que ya de por sí sus habitantes tengan más posibilidades de disfrutar de un jardín o un patio. Pero aparte, las autoridades nunca han impuesto un confinamiento de la rigidez del español, el francés o el italiano.

Las razones por las que se puede salir a la calle son numerosas, e incluso para quienes las incumplen la vigilancia es por lo general muy laxa. Los casos en que la policía ha intervenido vigilando con drones el movimiento de la población, estableciendo controles de carreteras, cuestionando el comportamiento de quienes tomaban el sol en los parques o hacían jogging en grupo han sido muy publicitados, y criticados.

Tal es la laxitud que dos fotos han dado la vuelta al mundo. En una, las propias enfermeras del hospital donde estaba internado el primer ministro Boris Johnson hacen un descanso charlando amistosamente sin guardar ningún tipo de distancia. En la otra, miembros de la policía y los bomberos, que deberían dar ejemplo, aplauden a las ocho de la noche a los servicios sanitarios pegados los unos a los otros, como si fuera una manifestación.

Los británicos reaccionan contra las imposiciones y el control de sus movimientos (no hay DNI), y no se conforman con la directriz oficial de poder salir una vez al día a pasear o hacer ejercicio (de uno en uno o dos en dos), a hacer la compra, sacar al perro, ir al médico y otras actividades “esenciales”.

Dado que algunos cuerpos policiales, con un exceso de celo, se han dedicado a imponer multas, la fiscalía del Reino se ha visto obligada a detallar con toda precisión qué actividades están permitidas y cuáles no. Para que no haya lugar a malentendidos.

El mandamiento número uno es que uno puede desplazarse en un medio motorizado si luego hace ejercicio por más tiempo de lo que dura el trayecto. Ir al campo en coche o moto, por ejemplo, si el viaje es de una hora y la paseata de dos.

O desplazarse en helicóptero o avioneta a una montaña de las Tierras Altas de Escocia si el recorrido es de dos horas, y la sesión de yoga se prolonga más que eso, incluyendo una pausa para almorzar o merendar (actividades que también están permitidas haciendo senderismo). En cambio no está permitido caminar diez minutos hasta un parque para sentarse a leer o mirar a las musarañas durante media hora.

Fronteras abiertas
Cada día llegan al país 15.000 pasajeros en vuelos comerciales y 500 aviones privados. No está permitido ir a visitar a un amigo para socializar, pero sí para recoger comida que a él le sobra. No está permitido salir a comprar pintura o brochas para decorar la cocina de casa, pero sí para adquirir herramientas con las que reparar una verja dañada por la lluvia y el mal tiempo.

No está permitido ir de puerta en puerta ofreciendo hacer tareas domésticas en negro, ni trabajar con el ordenador en un espacio público cuando se puede hacer en casa, ni ir al veterinario para pedir una receta que se puede obtener electrónicamente. Pero sí lo está ir a cuidar y regar el huerto o trasladarse unos días a casa de un familiar o colega después de una discusión doméstica con la pareja. Así de detallada es la lista oficial de excusas “razonables” y “no razonables”.

La crisis, como todas las crisis, está sacando lo peor y lo mejor de la gente. Hay quienes hacen la compra para vecinos mayores o de salud precaria, pero, con los nervios a flor de piel, se han disparado las denuncias vecinales por todo tipo de razones. Que si los niños, ahora que se pasan la vida en casa, hacen demasiado ruido. Que si uno no puede dormir porque los de abajo tienen por la noche la televisión a todo volumen viendo La casa de papel en Netflix. Que si el tecleado constante del ordenador al otro lado de la pared, con eso del teletrabajo, pone a uno de los nervios. Que si las ramas del árbol caen más de lo debido en mi jardín. Que si el humo de la barbacoa me molesta. Que si el de arriba tira de la cadena del váter a la una de la madrugada y me despierta... La policía está harta de responder a quejas que en la mayoría de casos responden a rencillas que vienen de muy atrás, y ahora se utilizan para intentar vengarse, con acusaciones falsas de que el “enemigo” está rompiendo las reglas del confinamiento y saca a pasear al perro dos o tres veces al día. En cualquier lado puede haber el equivalente de los informantes de la Stasi en la Alemania del Este de la guerra fría, o de los chivatos de la Cuba castrista.

Se ha popularizado el término “covidiotas” –candidata a nueva palabra del año– para referirse a quienes se pasan por el forro las normas del distanciamiento social, los repartidores de comida a domicilio que van con sus motos como si fueran Marc Márquez, los joggers que se echan jadeantes encima de la gente para no alterar su ruta ni un centímetro, los ciclistas que se creen los amos del universo, las familias con niños que ocupan toda la acera y les trae al pario mantener los dos metros reglamentarios de distancia, los domingueros que hacen asados en los parques, los treintañeros malcriados que montan fiestas en los jardines de sus mansiones, los dueños de pubs que abren para clientes especiales...

El confinamiento inglés es de lujo pero abundan los “covidiotas”.

FUENTE: La Vanguardia.

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