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La vacuna argentina contra el COVID-19 podría empezar a fabricarse a finales de este año

Después de haberse aprobado el inicio de las pruebas de seguridad en humanos, se espera su producción para diciembre.

ACTUALIDAD 02 de junio de 2022
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Durante todo el año pasado, cada vez que a Juliana Cassataro le preguntaban si había alguna novedad sobre el desarrollo de la vacuna local contra el COVID-19, casi siempre respondía lo mismo: “Estamos trabajando en poner a punto la tecnología para empezar los ensayos clínicos”. Es que ese puente que va desde un ensayo de laboratorio con frasquitos y ratones hasta un prototipo escalable industrialmente que pueda utilizarse en humanos se siente más bien como dar un salto al vacío.

La irrupción de la pandemia vino a revolucionar las formas de hacer ciencia. Como cuando en 2020 científicos de todo el país dejaron de lado sus líneas de investigación para dedicarse a producir herramientas que permitieran enfrentar y reducir los efectos del covid en la sociedad. Por eso, para dar el salto a la fase clínica, el equipo de investigadores de la Universidad Nacional de San Martín, UNSAM, dirigido por Cassataro trabajó con una empresa de capitales nacionales con trayectoria en producción pero también en investigación: el Laboratorio Cassará.

Así fue como, el 30 de marzo, finalmente, llegó el anuncio esperado. Luego de evaluar todas las partes del proceso de producción, la ANMAT, organismo regulatorio nacional, autorizó que la vacuna desarrollada entre la UNSAM, el CONICET y el Laboratorio Cassará comenzara la Fase I de la etapa clínica de investigación. Es la primera vez que una vacuna preventiva diseñada en una universidad argentina llegó a la etapa de pruebas en humanos. Su producción podría empezar antes de fin de 2022.

“Desde el principio, apuntamos a desarrollar una tecnología que se pudiera hacer en la Argentina, con la capacidad que tenemos. Fue un desarrollo conjunto con el laboratorio porque a partir de que empezamos a trabajar todo se aceleró y se comenzó a pensar en función de la capacidad de desarrollo y de producción que ellos tienen”, cuenta a la agencia TSS Cassataro, doctora en Ciencias Biológicas, investigadora del CONICET en la Escuela de Bio y Nanotecnologías de la UNSAM, y responsable del proyecto.

Cómo es la vacuna, bautizada como ARVAC Cecilia Grierson
La tecnología elegida para desarrollar la vacuna, bautizada como ARVAC Cecilia Grierson en honor a la primera médica argentina, es la de proteínas recombinantes. Consiste en producir y purificar una proteína que forma parte del virus SARS-CoV-2 a partir de su cultivo en células. Una vez introducida en el organismo, esa proteína actuará como antígeno contra el cual el sistema inmunológico de las personas desarrollará anticuerpos. Se trata de una tecnología considerada segura y robusta que se usa, por ejemplo, en las vacunas para Hepatitis B (aplicada en recién nacidos) y HPV (en adolescentes).

La pregunta inevitable, que surgió en el equipo de Cassataro desde el primer momento, fue: ¿vale la pena desarrollar una vacuna en el país cuando hay potencias que podían hacerlo más rápido?

Lorena Coria, doctora en Ciencias Biológicas e integrante del equipo de la UNSAM, cuenta: “Es algo que nos lo preguntábamos a cada paso que íbamos dando y la respuesta siempre fue ‘sí’. Es un hito haber transitado este camino en tan poco tiempo y poder comenzar hoy los ensayos clínicos de una vacuna 100% argentina. Empezamos a hacerlo convencidas de que queríamos que llegara a ser algo que no quedara solo en un paper, sino algo que pueda resolver una necesidad concreta de la sociedad”.

Carrera contrarreloj
La idea de hacer una vacuna contra el COVID-19 surgió apenas empezó la pandemia. El Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación (MINCYT), el CONICET y la Agencia Nacional de Promoción de la Investigación, el Desarrollo Tecnológico y la Innovación (Agencia I+D+i) conformaron la Unidad Coronavirus y abrieron la convocatoria a proyectos de investigación vinculados a la temática. El equipo de Juliana Cassataro venía trabajando desde hacía años en el desarrollo de vacunas, más específicamente en uno de sus componentes: los adyuvantes, que tienen la función de potenciar la respuesta inmune en el organismo.

Al principio, tratar de hacer una vacuna desde cero en poco tiempo les pareció un horizonte muy lejano, así que plantearon algo un poco menos ambicioso: desarrollar métodos para estudiar la respuesta inmune y probar diferentes fórmulas en el laboratorio. Ganaron un subsidio y comenzaron con los ensayos, al mismo tiempo que otras universidades e institutos de la Argentina hacían lo propio, como la Universidad Nacional de la Plata y el Instituto Leloir.

“A los pocos meses, cuando empezamos a tener resultados más prometedores, empezó a estar más clara la posibilidad de la vacuna y así que comenzamos a buscar una empresa”, cuenta la doctora Karina Pasquevich, también integrante del equipo de la UNSAM.

Pasquevich trabaja con Cassataro desde 2003, cuando comenzó a hacer su tesis doctoral sobre vacunas contra la brucelosis bajo su dirección. Coria, por su parte, ingresó al equipo en 2007, para realizar su tesis de grado. En ese momento, Cassataro trabajaba en el Hospital de Clínicas.

A fines del 2013, todo el equipo se mudó a la UNSAM. Para Cassataro, la formación de recursos humanos es algo que realiza con orgullo. “Cuando veo trabajar a Karina y a Lorena lo siento como un logro. Es mérito de ellas igual, tienen una formación y una capacidad que me superan ampliamente”, señala.

El equipo de la vacuna fue fluctuando en cantidad de integrantes, pero, en general, siempre fueron entre ocho y 12. Aparte del conocimiento de las inmunólogas, fue crucial el aporte de Diego Álvarez, director del Laboratorio de Virología Molecular del IIB-UNSAM, que puso a disposición años de investigación en diversos tipos de virus, como los causantes de dengue y chikungunya.

Los primeros días de trabajo en el proyecto de vacuna no fueron fáciles porque eran meses de aislamiento estricto. Intentaron resolver cosas por zoom pero enseguida se dieron cuenta de que la mejor solución para avanzar rápido era que todos los integrantes fueran a trabajar de forma presencial. Varias de ellas tenían hijos en edad escolar, lo cual complicó la logística. Pero pudieron acomodarse y, en pocos meses, obtuvieron los resultados preclínicos necesarios para empezar a pensar en las pruebas en humanos.

“Para mí, la presión de tener que hacer algo a contrarreloj fue una gran motivación. Creo que al principio muchos no confiaban en que era viable hacer esta vacuna. Nosotras quizás tuvimos dudas en cuanto al tiempo que nos podía llevar, pero siempre creímos en nuestras capacidades. Y el pasaje del laboratorio a producir en una planta fue un gran aprendizaje. Formamos un buen equipo con Cassará”, dice Coria.

FUENTE: TN.

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